Perdida, para siempre.
Ana seguía mirando por la ventana. Los cristales estaban manchados de pequeñas gotas y afuera las aceras se habían oscurecido por la lluvia que llevaba días cayendo. Sentada en el diván, encogida con los brazos rodeando sus rodillas veía como se consumía el último cigarrillo del paquete. No lo soportaba más, tenía que salir y abandonar esa terrible rutina en la que se había hundido, así que abrió el armario y cogió los vaqueros oscuros y la camiseta lila que le regaló él el día que se fueron a vivir juntos. Se maquilló, se hizo la raya en los ojos y buscó su pintalabios marrón, ese que había lanzado contra la pared dos días antes y se había roto. Se lo puso, perfilando esos preciosos labios que hacía tanto que no dibujaban una sonrisa perfecta. Se fue al lavabo y se cepilló el pelo, su melena castaña oscura ya le pasaba los hombros, se puso una de sus cintas en la cabeza, cogió la chaqueta, el bolso y el paraguas y salió de casa.
Cuando abrió la puerta del portal, cogió una bocanada de aire que le lleno los pulmones, pero le enfrió el corazón. No esperaba que hiciera tanto frío así que se acurrucó en su abrigo y comenzó a bajar la calle de su casa. Se paró en la tienda de gominolas que hacía esquina, justo en frente de la agencia de viajes dónde había trabajado Diego. Se quedó mirando los enormes pasteles, los cucuruchos de chucherías, las nubes esponjosas con ese color rosa que siempre había odiado, ahora le parecían hasta apetecible. No lo pudo evitar y entró. La dependienta la saludó y ella cogió una bolsa y empezó a llenarla con sus dulces favoritos. Al salir volvió a sentir ese escalofrío, como si se congelara, y empezó a andar a paso rápido cruzando sin mirar, hacía ningún sitio, estaba perdida y esta vez sentía que para siempre. Había comenzado a llover de nuevo y se refugió en un bar al que nunca había ido. Compró un paquete de tabaco y se sentó en una mesa tras pedir un café con leche bien caliente, deseando aliviar ese frío interior que sentía.
Nadie la miraba, era invisible a ojos de los demás. De repente, una mano se apoyo en la silla que tenía enfrente y preguntó:
-¿Está ocupada?
-No.- contestó Ana sin mirar al dueño de esa mano, hombre, veinti pocos años, voz sensual, tranquila.
Se sentó, Ana alzó la mirada y se encontró con una sonrisa que no conocía, y siguiendo el recorrido se vió reflejada en los ojos más oscuros que había visto nunca, y en ellos se perdió.
-No te importa, ¿verdad? Cómo me has dicho que no estaba ocupada y estás sola, y yo también estoy solo, no por qué quiera eh, es que mira, me acabo de mudar, y ya sabes lo que cansa eso y digo pues vamos para abajo, al bar y...
Su voz se fue perdiendo, ella hacía que le escuchaba, asentía de vez en cuando, le daba un sorbo al café, mientras pensaba en cómo conoció a Diego...
Cuando abrió la puerta del portal, cogió una bocanada de aire que le lleno los pulmones, pero le enfrió el corazón. No esperaba que hiciera tanto frío así que se acurrucó en su abrigo y comenzó a bajar la calle de su casa. Se paró en la tienda de gominolas que hacía esquina, justo en frente de la agencia de viajes dónde había trabajado Diego. Se quedó mirando los enormes pasteles, los cucuruchos de chucherías, las nubes esponjosas con ese color rosa que siempre había odiado, ahora le parecían hasta apetecible. No lo pudo evitar y entró. La dependienta la saludó y ella cogió una bolsa y empezó a llenarla con sus dulces favoritos. Al salir volvió a sentir ese escalofrío, como si se congelara, y empezó a andar a paso rápido cruzando sin mirar, hacía ningún sitio, estaba perdida y esta vez sentía que para siempre. Había comenzado a llover de nuevo y se refugió en un bar al que nunca había ido. Compró un paquete de tabaco y se sentó en una mesa tras pedir un café con leche bien caliente, deseando aliviar ese frío interior que sentía.
Nadie la miraba, era invisible a ojos de los demás. De repente, una mano se apoyo en la silla que tenía enfrente y preguntó:
-¿Está ocupada?
-No.- contestó Ana sin mirar al dueño de esa mano, hombre, veinti pocos años, voz sensual, tranquila.
Se sentó, Ana alzó la mirada y se encontró con una sonrisa que no conocía, y siguiendo el recorrido se vió reflejada en los ojos más oscuros que había visto nunca, y en ellos se perdió.
-No te importa, ¿verdad? Cómo me has dicho que no estaba ocupada y estás sola, y yo también estoy solo, no por qué quiera eh, es que mira, me acabo de mudar, y ya sabes lo que cansa eso y digo pues vamos para abajo, al bar y...
Su voz se fue perdiendo, ella hacía que le escuchaba, asentía de vez en cuando, le daba un sorbo al café, mientras pensaba en cómo conoció a Diego...
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Pensar un poquito, aunque no estéis acostumbrados