Como siempre.


Los pasos bajo la lluvia cada vez iban más rapido. No podía parar, tenía que llegar al café Zurich, dónde él debía estar esperandome como siempre. Mi sol nunca me fallaba, y esperaba que no lo hiciera ahora, en un día tan lluvioso necesitaba su gran sonrisa. Mis estados de animo varian muy a menudo, los que me conocen (o creen hacerlo más bien), lo saben. Y él más que nadie. Sergio, que aunque no lo reconozca tiene celos de sí mismo, estaba esperandome allí, con sus tejanos, la camiseta de rayas que tanto me gusta y su chaqueta reversible. Cuando me vio entrar, me miró pero ni siquiera se levantó, como siempre, esperó a que me acercara y me sentara. Ni un saludo con la cabeza, ni un par de tristes besos. Nada que pudiera cambiar algo. Y allí volvíamos a estar los dos, sentados en la misma mesa de siempre, tomando lo mismo de siempre, él su café con leche y yo mi batido de chocolate. Él caliente y yo frío, al contrario de como eramos entre nosotros, polos opuestos que por mucho que digan no consiguen atraerse. Tenía una bolsa en los pies y me picaba la curiosidad de saber que era, pero no me atrevía a preguntar, quizás porque suponía que sería algún regalo para su amiga, esa que yo me empeñaba en decir que tenía por mucho que él lo negara. Salimos del café muy a mi pesar porque seguía lloviendo y no tenía paraguas, si hubiera estado sola no me habria importado, me habria mojado y estaría encantada, pero estando con él no. Mis pelos se encresparían, el maquillaje me abandonaría y el se reiría de mi, para variar. Abrió su paraguas y empezó a caminar a paso rapido hacía algún sitio mientras yo le seguía con cuidado de no resbalarme mientras aceleraba el paso para poder meterme con el debajo del paraguas. Cuando conseguí llegar a su lado el tenía esa gran sonrisa mientras me seguía contando como casi se llevaba a un coche por delante en una de sus practicas. No podía evitar reirme de el con ganas, siempre decía que las mujeres somos más torpes con el coche que los hombres, y yo le sacaba dos meses de ventaja con el carnet. Por fin llegamos a algun sitio, que resultó ser mi portal. Eso significaba que nos despediamos hasta que el llegara a casa y se conectara para tener una charla eterna, con enfados, tonterías, y risas. Todo lo que habíamos tenido esa tarde. Todo lo que ibamos a seguir teniendo durante mucho tiempo más.










Antes de irse, me dió la bolsa que llevaba. Cuando llegué a casa saqué la caja que había dentro, la desenvolví y la abrí. Y allí estaban, entre mil fotos nuestras, entre titulos de canciones que nos habiamos pasado uno a otro, entre Rakim y KenY, dos billetes.  

Dos billetes de avión con nuestros nombres. Dos billetes al fin del mundo. Dos billetes de ida sin vuelta.

Comentarios

  1. El de Una mierda lo he puesto yo. Pero en realidad me alegro que te vayas al fin del mundo. Siempre puedes comprar el billete de vuelta allí. Y es que parece mentira, pero se acaba echando de menos Badía. No olvides hacerle unas cuántas fotos a allá donde vayas.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Pensar un poquito, aunque no estéis acostumbrados

Entradas populares